9 de abril de 2013

Hoy opina: Ángeles Mastretta

Sí, mami, a mí también me gusta el libro que me prestaste. Me senté a leerlo sobre un almohadoncito en el pasto, pero igual hormigas y arañitas se me subían audaces y sin pedirme permiso. Me ubiqué en el único rincón donde todavía quedaba un poquito de sol, ese sol amarillo de otoño que te abraza por fuera y te ilumina por dentro, regalándote obsequioso su calidez, para que te dure un rato, hasta cuando bajen las sombras, y el fresco se aparezca junto con la luna y las estrellas.
Me estuve riendo del capítulo sobre los conversadores. Dice la autora:

"No hay necesidad de trámites, ni de credenciales, ni registros para ser un buen conversador. La única seña está en la facilidad con que traban cercanía y descubren sus emociones, dudas, pesares y proyectos como quien desgrana un rosario. Impúdicos y desmesurados, se vuelven invulnerables, porque todo lo suyo lo comparten. Y si un problema tienen, es el que los hace vivir corriendo el riesgo de derivar en chismosos. Nada tan despreciable para un conversador como un chismoso y, para su desgracia, nada más cercano a la vera del acantilado por el cual caminan".

Y aquí me quedé pensando en que me encanta la diferenciación que hace entre buen conversador y conversador chismoso. Porque no se puede ser conversador a secas. Incluso me animaría a incluir otras categorías de conversadores, pero nos saldríamos así de la simple y clara apreciación de lo que es el bien y el mal, el blanco y el negro, el sí y el no, el conversar o el chusmear.
Y fiel a mi costumbre silenciosa de mirar hondo a los demás, por un breve instante aunque sea, y sin darme cuenta las más de las veces, también caen en mi observación a veces rápida, a veces infructuosa, personas que pasan por mi vida como una ráfaga, otras con las que choco como un barco que el oleaje empuja contra el muelle quejumbroso, otras que se hacen notar de vereda a vereda. Y lo que me fascina del choque o del encuentro, depende el caso, es haber descifrado, entrevisto, descubierto, algo del mundo interior de esa persona, algo, un poquito a lo mejor. Y entonces puedo continuar mi trayecto con esa sensación de simple regocijo, de pequeño triunfo. A veces tengo la certeza de que me encontré con un chismoso, otras con un buen conversador. Aunque yo no pertenezca a ninguna de las dos clases.
A propóstio, el libro que me prestaste, mami, es "El mundo iluminado". Pronto te lo voy a devolver, y seguiré con alguno de Mankell, que me traje dos sin querer...